Curso gratis de Bolivia: ¿guerra del gas o guerra social?
La insurrección popular que en octubre pasado derribó al por entonces presidente de la República de Bolivia, Gonzalo Sánchez de Lozada (y que, en el momento en que estoy escribiendo, está encontrando su prolongación en la huelga general indefinida convocada para este mes de mayo), merece nuestra atención, según entiendo, por varias razones. En primer lugar, desde luego, por el hecho mismo de haberse atrevido los bolivianos a derrocar un gobierno por la vía de la insurrección de la gente de abajo, hecho que a estas alturas de la modernidad, según nos venían asegurando los expertos en fines de la Historia, era del todo imposible que sucediera; haber rectificado este prejuicio interesado era ya de por sí de agradecer. La hazaña es tanto más notable por cuanto no se derribó a una junta cualquiera de gorilas en vías de extinción, sino a un gobierno elegido con todas las bendiciones legales de la democracia parlamentaria (sin que eso comporte mucha diferencia en la manera de responder a las demandas de los gobernados); de modo que no será muy exagerado decir que la revolución boliviana ha empezado a tomar por blanco de su ataque directamente a la mentira democrática, que es el corazón de la ideología hoy dominante. Más allá de las consignas enarboladas por las diversas organizaciones, los trabajadores y campesinos de Bolivia se han levantado, más que contra un gobierno particular, contra el conjunto del orden político, social y económico actualmente establecido.